Mis años como piloto de planeador

Publicado por CESDA el 10/10/2012 Publicado en aviación, bautismo, EXPERIENCIAS, OPINIÓN, piloto, planeador, SECTOR, vuelo

ELENA BARREIRO DE BULAT / PILOTO DE PLANEADOR

Siempre me atrajo el cielo con sus movimientos de nubes, es un paisaje en constante cambio. Sueño imaginando, soy una imaginadora.

Desde siempre he tenido sueños (dormida y en estados contemplativos) imaginando circunstancias mágicas, he volado muchos kilómetros disfrutando de paisajes y acontecimientos maravillosos y también he escapado mediante un salto volador, de circunstancias peligrosas que encuentro en mis sueños. Mis alas son mis brazos y el esfuerzo superador.

 

"CESDA, Piloto aviación comercial, Escuela de pilotos, Piloto planeador" Elena en sus inicios como piloto en la década de los años 50

 

Vivía en Tandil (Argentina) ciudad serrana, clima soleado, seco y frío. A principios de la década del 50, se instaló en Tandil la IV Brigada Aérea de la Fuerza Aérea Argentina, y comenzó un fervor por volar.

Una experiencia decisiva

En el año 56 – yo tenía 23 años- hice un vuelo de bautismo en un Focke-Wulf con cabina abierta. Me sujetaron con arneses de cintura y hombros y me dijeron: “Agárrese de las manijas a los costados de la cabina y no tenga miedo que no va a caerse”, y partimos. En cada inclinación del ala y giro del avión sentía que me caería en cualquier momento. Mi ansiedad era enorme, placer y miedo a la vez. Éste último desapareció al tocar tierra y quedó el placer y la emoción de haber volado. Y después de esa experiencia nos decidimos a volar en planeadores. El vuelo de bautismo en planeador fue decisivo. El vuelo tiene el encanto del silencio y la velocidad y altura nos dan una visibilidad perfecta. Por sus amplias y estilizadas alas, los virajes son suaves y elegantes. El vuelo da una sensación de libertad difícil de describir.

Comenzamos el curso de entrenamiento, 2 mujeres y 5 hombres, formamos un equipo muy unido y colaborador. Después de varios meses de entrenamiento y estudios meteorológicos, en abril de 1957 obtuve la “Licencia de piloto privado de planeador Nº 999”. Fue un día feliz, lleno de emociones. Por la mañana rendí el examen y por la tarde salí a volar para disfrutar de mi adquirida licencia. Después de cortar remolque encontré una corriente ascendente fuerte y comencé a volarla en círculos pensando en una térmica, pero lo que subía en un punto lo bajaba más en otro punto, perdía altura y tenía que preparar aterrizaje, no quería resignarme a hacerlo y mirando abajo hacia la pista vi una bandera blanca que con sus movimientos me estaba indicando como tenía que volar esa “onda” con círculos en forma de ochos horizontales, llegué a 1070 m de altura gracias a ese experimentado volovelista que generosamente me ayudó moviendo la bandera. Pude disfrutar plenamente de un largo y placentero vuelo.

No todo fue fácil

Recuerdo también momentos difíciles. En vuelo de entrenamiento con instructor, se cortó la soga de remolque por la mitad y debido al peso al caer al vacío, puso en peligro la estabilidad del aparato, pero la inmediata apertura del gancho, efectuada por el instructor, nos niveló el vuelo. A pesar de ello al tener poca altura nos obligó a buscar un campo para aterrizar y no tuvimos más problemas que después trasladar el planeador con remolque de auto hasta un camino donde sí pudo aterrizar el avión de remolque. Fueron horas de trabajo para todos los alumnos. Eso nos unía y fortalecía.

 

avic3b3-antic.jpg Elena en un planeador

 

Un atardecer, una hermosa puesta de sol, me subyugó, el rojo brillante descendiendo en el horizonte e inconscientemente llevé la palanca de mando hacia atrás provocando el levantamiento del morro del planeador, lo que a su vez provoca pérdida de sustentación, que por suerte se manifiesta con temblor del aparato, y así reaccioné rápidamente y me estabilicé e hice un aterrizaje correcto. Pero cuando salía del planeador, llegó el instructor y me dijo: “Linda la puesta de sol, ¿si? Bien, vuelva a salir y haga aproximación y aterrizaje”, y así, con mucho disgusto y nervios volví a las alturas y poco a poco me tranquilicé del susto pasado y regresé sintiéndome segura. Siempre le agradecí al instructor que me obligara a realizar ese vuelo.

José Cuadrado, uno de los mejores volovelistas argentinos, trabajaba fumigando campos en la zona y se tomaba un descanso aterrizando en el club para disfrutar de un vuelo en planeador y nos decía “¿Ven esa nube?” y señalaba una. “voy hasta la base, vuelo una horita y vuelvo” añadía. Y para nuestra envidia y admiración así lo hacía. Al regreso nos explicaba qué corrientes ascendentes encontró y como realizaba el vuelo. Fueron lindas tardes de meteorología aplicada.

El vuelo en planeador lo tiene que crear el piloto constantemente, hay que buscar las corrientes ascendentes, interpretarlas y volarlas correctamente para lograr la máxima altura posible y después disfrutar del vuelo en total silencio, solo el silbido del viento, girando y girando suavemente, sintiéndose libre, muy libre en las alturas, alejados del mundo. Es maravilloso, recordándolo aún ahora me invade un sentimiento de felicidad, de placer. Fueron pocos años pero los viví plenamente, pendiente del servicio meteorológico para cada fin de semana. A la distancia me digo ¡Qué suerte que pude hacerlo!

Una nueva etapa

 

image1.jpg Recorte de periódico fechado en 9 de abril de 1957

 

En el año 1959 comencé el curso de piloto privado, volé muchas horas, aprovechaba cada vuelo en que podía ser acompañante- pero por razones personales no completé el curso. En el año 60 me trasladé a la ciudad de Buenos Aires.

Concurrí irregularmente al Club Albatros, el más antiguo e importante del país, muy alejado de la ciudad y con costos por hora de vuelo poco accesible para mí en esa etapa de mi vida, y así se terminó mi etapa volovelista.

En el año 1961 conocí al instructor del aeródromo de San Fernando que tenía un avión Macchi MB 308. Hacía dos años que se fabricaba en el país y pude disfrutar en varias oportunidades que me llevara a volar y especialmente a hacer acrobacia. Fueron momentos excitantes que disfruté mucho.

En los últimos 50 años me he dedicado a formar una familia y he criado dos inteligentes, magníficos y encantadores hijos. El último vuelo en planeador lo realice en “mi” club de Tandil en el año 2004, por supuesto como acompañante porque no tengo mi licencia habilitada. Ya tenía 71 años, pero creo que al rememorar ese período me han surgido ganas de hacer otro “vuelo de bautismo”.

A los que tengan algún interés en el ámbito aeronáutico, les digo: comiencen volando en planeadores, se sentirán plenamente realizados. El vuelo lo creamos nosotros con nuestra sensibilidad, conocimientos y ansias de volar. El motor es el piloto.

¡Suerte!

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